viernes, 18 de febrero de 2011

... y mueve los ojos y
sonríe, pero está muerto
y cuando alguien está muerto
muerto está, por más que sonría.
(A.Pizarnik)

domingo, 4 de abril de 2010


Sabemos que la fotografía repite únicamente lo que nunca podrá repetirse existencialmente, a raíz de esto, la idea que impera en el espacio exterior es la posesión de un pedazo de tarde rural, de un color añejo, de un personaje anónimo que habla desde su silencio, con una mirada de un mundo interior correspondiente a la escenografía de lo narrado.

Esta fotografía ha sido objeto de: hacer y mirar. De acá se desprende el retorno de lo muerto, la ausencia de aquello que iconicamente es imposible de encerrar en una estructura, no se puede representar la muerte, porque la representación de la muerte no está en la representación iconica de un cadáver ni de nada por el simple hecho de que se trata de elementos no físicos.

La foto da lugar al surgimiento del misterio de la concomitancia. Porque esta no dice lo que ya no es, sino solamente lo que ha sido. Por lo tanto, la foto ratifica lo que representa.

El punctum se me presenta como el mayor lugar de atención, logra una fijación retiniana, recuerdos y preguntas: las piernas de la anciana, cubiertas por pantys y botines, que a manera de expansión no solo me remite al cuerpo que veo, sino también a recuerdos que animan a iniciar la aventura. Esta fotografía arrastra algo más que un simple referente, trae la idea de un Ayer, que es Hoy, pero también Mañana, en otras palabras una permanencia, una cristalización, la posesión del momento y del lugar con todo lo que eso implica, por la obtención de un pieza (la fotografía), una más que se inserta al rompecabezas, al espejo inacabado, pues la autoconciencia crea otro Yo, el hecho de que la conciencia se hace así misma objeto de conciencia: se sabe.

La fotografía es “el advenimiento de yo mismo como otro” algo similar a lo que Baudelaire llamó “Estado de espejo”. Pero en verdad no hay ser, solamente acontecer. Nada es. El ser es nada. Todo transcurre. Si es finito nunca es porque siempre transcurre, pasa deja de ser. Si es in-finito es Nada, porque es in-concebible.

No hay cosas queridas hay cosas que nos recuerdan el querer, la foto no es más que fotografía. Tu sentimiento enciende la luz. Las cosas en sí, son opacas.

La luz, si se encuentra hay que re-vivirla, re-crearla. Y nunca será lo mismo. No hay que confundirlo con los recuerdos. Como enseñaba Pascal, la única realidad es el presente. Solemos olvidarlo, trocarlo por recuerdos, por lo sido o por esperanzas, lo no sido.

Además, lo que emerge en una imagen fotográfica es una paradoja: luz=ausencia.

El mayor error del hombre es des-vivir el presente haciéndolo pasado, volcándolo sobre moldes del pasado y transformando de este modo el devenir en horas que se repiten, amores que se repiten, soles que se repiten.

Como operador y spectador, la mirada varía, en un comienzo el objetivo era captar determinado momento con cierto enfoque, en cambio, como spectador se agudiza la mirada y lo que en un principio se buscaba puede que esté logrado y puede que no, independiente de esto hay un elemento en la fotografía que inquieta y atrae, el punctum, factor que nos relaciona más intimamente con la fotografía, le proporciona a la foto un campo ciego.

La fotografía, proporciona una serie de elementos, que deleitan cierto fetichismo, como la vestimenta de la anciana, su malla verde, sus botines, el letrero del Pan; todo denota un lugar lejos de la cuidad, donde nunca pasa nada. La luz de la tarde genera sombras en el mismo instante en que la anciana, sola, sentada en al orilla de una banca espera algo o alguien, en la demora, la maté.

A este acto comúnmente denominado “fotografiar”, también se le denomina asesinato blando, como violación simbólica en un tiempo cero.

El ordenamiento natural de los elementos en la foto es un modo de concebir la relación entre luz y sombra como realidad y símbolo, divinidad y misterio.

La luz modela la figura y las cosas, hace cantar los colores, se le da más valor a los tonos para transformarse en una sombra que rodea a los elementos.

La luz se hace símbolo que da vida a la materia, en esta foto se siente con menos fuerza, es la luz del ocaso, que indica que va a caer la noche, que las sombras se perderán en ella, llamemos entonces a la sombra como la prolongación de la muerte – la oscuridad carece de vida-. A esto se suma la anciana que tranquila espera descubrir dentro de la luz una luz más pequeña que es oscura. La estética de la huella.

La fotografía no reproduce objetos sino cargas semánticas.

La fotografía es un objeto totalmente pragmático, para mí una cosa para ti otra.

martes, 19 de enero de 2010

Ninon de Lenclos

"Un claro ejemplo del triunfo del vicio, cuando se dirige con inteligencia y se redime con un poco de virtud"

lunes, 14 de diciembre de 2009

Aire y luz y tiempo y espacio

"Sabes, yo tenía una familia, un trabajo, algo
siempre estaba
en el medio
pero ahora
vendí mi casa, encontré este
lugar, un estudio amplio, deberías ver el espacio y
la luz,
por primera vez en mi vida voy a tener un lugar
y el tiempo para
crear"
no, nene, si vas a crear
vas a crear trabajando
16 horas por día en una mina de carbón
o
vas a crear en una piecita con 3 chicos
mientras estas
desocupado,
vas a crear aunque te falte parte de tu mente y de
tu cuerpo,
vas a crear ciego
mutilado
loco,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla en terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego.
nene, aire y luz y tiempo y espacio
no tienen nada que ver con esto
y no crean nada,
excepto quizás una vida más larga para encontrar
nuevas excusas

Charles Bukowski
(De , poemas, trad. f. luduenha, argentina, editora a c, 1995. )

Con clásica rudeza...

sábado, 17 de octubre de 2009

domingo, 30 de agosto de 2009

América, no invoco tu nombre en vano

Gracia Barros

Corría el mes de septiembre

Yo levanté la cabeza. El mar estaba cubierto por una densa faja de nubes negras, y la tranquila corriente que llevaba a los últimos confines de la tierra fluía sombríamente bajo el cielo cubierto... Parecía conducir directamente al corazón de las tinieblas.
(Joseph Conrad)
La historia, que nunca se sabe que es en presente, se anunciaba a través de unas cacerolas hablantes. No es nada fácil para una conciencia que habita- en la pesadez de su instante- comprender la lengua de las cacerolas, por eso hay historia, pero al final "historia" no era más que eso que un día decidió manifestarse a través del habla retorcida de unos objetos. Aquellos objetos ya eran "ruinas reflexivas" destinadas a exponer un mundo impensable en el corazón serial del tiempo doméstico. No algo que le ocurría a la historia, sino la historia misma balbuceando desde su más tímido subsuelo. El acontecimiento bruto, indocumentado y sin fecha, es un símil de lo que Borges llamó "el pudor de la historia". No lo entendió así Goethe. Un día de septiembre de 1792 había acompañado al duque de Weimar aun paseo militar por París, y al ver al primer ejército de Europa rechazado en Valmy por las milicias francesas, exclamó: "hoy, en este lugar, se abre una época en la historia del mundo y nosotros podemos decir que hemos asistido a su origen". Nunca se tienen a mano las frases que necesitaríamos para fijar el giro epocal del mundo; por eso Borges, como se sabe, prefirió pensar que aquel supuesto origen era una verdad más aturdida que la imperfecta lengua alemana. Intuyó que desde aquel día abundarían las jornadas históricas. Corría el mes de septiembre. Y curiosamente fue un día de septiembre, varios años más tarde, que un aristócrata británico que colocaba gelignita en las vías férreas de Azraq para volar trenes turcos y que había logrado algunas hazañas militares como la toma de Akkaba tras el cruce del desierto se sentaba a escribir por fin su versión definitiva de los Siete Pilares de la Sabiduría. Un accidente de avió fue lo que decidió a Lawrence de Arabia a que lo hiciera.
Me rogaban los hombres que erigiera nuestra obra,
la casa inviolada,
en memoria tuya,
pero para que el momento fuese adecuado lo hice trizas,
y ahora otros seres se arrastran para hacerse una guarida con sus restos,
en la sombra frustrada,
de ese don que era tuyo.
De un tiempo a esta parte, agrega Rilke, los moribundos han empezado a visitarnos de a montones. Son los que un día en un café de París, rodearon a Baudelaire con su familia de ojos y los mismos que Simone Weil les asignó este grito inefable "¿Por qué me hacen el mal?" Ese grito arroja hoy a umbrales suplementarios el problema de su propio estruendo. No tiene, ni tuvo nunca, palabras: al igual que aquellas cacerolas, hablan por la gracia de su propio vacío, como si en su interioridad se alojara un afuera del que el mismo grito permanece como exterior. Hasta que de repente el mundo se convierte en puro oído, y de repente en él se entierra el silencio como sonido ininterrumpido del universo. Todo ha desaparecido, pero como diría Blanchot el "todo ha desaparecido" acaba de aparecer. Y entonces lo que allí sucedía tiene lugar aquí, estemos donde estemos, miremos hacia donde miremos, simplemente porque la pregunta ha dejado de ser por fin qué es la violencia para pasar a qué es lo que en este mundo no contendría ya todos sus ecos y reverberaciones. Nadie merece la muerte. Siempre el que muere es un inocente y, sin embargo, siempre miremos donde miremos, en un aquí y en un allá que es toda vez aquí, y un allá que es ahora más aquí que nunca, alguien está muriendo. Somos responsables entonces de interrogar las ruinas - aquellas cacerolas parlantes- sin las espectativa de responder nada a cambio.
El horror es un evento cerrado sobre sí mismo del que hay que ahuyentar la serie y la dialéctica.
Ojalá así lo entiendan ahora, cuando, como escribió Trakl en su "Salmo", todos ya han partido y los árboles giran solitarios en el tiempo de la tarde y en la ciudad levanta la noche su tienda negra, y ahora, incluso, que el mundo ha empezado a entender de improviso que por donde se vaya, siempre, invitablemente, se roza una vida anterior.
Aquellas vidas nuestras, estas vidas.