Yo levanté la cabeza. El mar estaba cubierto por una densa faja de nubes negras, y la tranquila corriente que llevaba a los últimos confines de la tierra fluía sombríamente bajo el cielo cubierto... Parecía conducir directamente al corazón de las tinieblas.
(Joseph Conrad)
La historia, que nunca se sabe que es en presente, se anunciaba a través de unas cacerolas hablantes. No es nada fácil para una conciencia que habita- en la pesadez de su instante- comprender la lengua de las cacerolas, por eso hay historia, pero al final "historia" no era más que eso que un día decidió manifestarse a través del habla retorcida de unos objetos. Aquellos objetos ya eran "ruinas reflexivas" destinadas a exponer un mundo impensable en el corazón serial del tiempo doméstico. No algo que le ocurría a la historia, sino la historia misma balbuceando desde su más tímido subsuelo. El acontecimiento bruto, indocumentado y sin fecha, es un símil de lo que Borges llamó "el pudor de la historia". No lo entendió así Goethe. Un día de septiembre de 1792 había acompañado al duque de Weimar aun paseo militar por París, y al ver al primer ejército de Europa rechazado en Valmy por las milicias francesas, exclamó: "hoy, en este lugar, se abre una época en la historia del mundo y nosotros podemos decir que hemos asistido a su origen". Nunca se tienen a mano las frases que necesitaríamos para fijar el giro epocal del mundo; por eso Borges, como se sabe, prefirió pensar que aquel supuesto origen era una verdad más aturdida que la imperfecta lengua alemana. Intuyó que desde aquel día abundarían las jornadas históricas. Corría el mes de septiembre. Y curiosamente fue un día de septiembre, varios años más tarde, que un aristócrata británico que colocaba gelignita en las vías férreas de Azraq para volar trenes turcos y que había logrado algunas hazañas militares como la toma de Akkaba tras el cruce del desierto se sentaba a escribir por fin su versión definitiva de los Siete Pilares de la Sabiduría. Un accidente de avió fue lo que decidió a Lawrence de Arabia a que lo hiciera.
Me rogaban los hombres que erigiera nuestra obra,
la casa inviolada,
en memoria tuya,
pero para que el momento fuese adecuado lo hice trizas,
y ahora otros seres se arrastran para hacerse una guarida con sus restos,
en la sombra frustrada,
de ese don que era tuyo.
De un tiempo a esta parte, agrega Rilke, los moribundos han empezado a visitarnos de a montones. Son los que un día en un café de París, rodearon a Baudelaire con su familia de ojos y los mismos que Simone Weil les asignó este grito inefable "¿Por qué me hacen el mal?" Ese grito arroja hoy a umbrales suplementarios el problema de su propio estruendo. No tiene, ni tuvo nunca, palabras: al igual que aquellas cacerolas, hablan por la gracia de su propio vacío, como si en su interioridad se alojara un afuera del que el mismo grito permanece como exterior. Hasta que de repente el mundo se convierte en puro oído, y de repente en él se entierra el silencio como sonido ininterrumpido del universo. Todo ha desaparecido, pero como diría Blanchot el "todo ha desaparecido" acaba de aparecer. Y entonces lo que allí sucedía tiene lugar aquí, estemos donde estemos, miremos hacia donde miremos, simplemente porque la pregunta ha dejado de ser por fin qué es la violencia para pasar a qué es lo que en este mundo no contendría ya todos sus ecos y reverberaciones. Nadie merece la muerte. Siempre el que muere es un inocente y, sin embargo, siempre miremos donde miremos, en un aquí y en un allá que es toda vez aquí, y un allá que es ahora más aquí que nunca, alguien está muriendo. Somos responsables entonces de interrogar las ruinas - aquellas cacerolas parlantes- sin las espectativa de responder nada a cambio.
El horror es un evento cerrado sobre sí mismo del que hay que ahuyentar la serie y la dialéctica.
Ojalá así lo entiendan ahora, cuando, como escribió Trakl en su "Salmo", todos ya han partido y los árboles giran solitarios en el tiempo de la tarde y en la ciudad levanta la noche su tienda negra, y ahora, incluso, que el mundo ha empezado a entender de improviso que por donde se vaya, siempre, invitablemente, se roza una vida anterior.
Aquellas vidas nuestras, estas vidas.