Mientras comienza a escucharse el fragmento musical que retorna una y otra vez a lo largo de la trama, el adagieto de la 5ta. Sinfonía de Mahler, el músico Gustav von Aschenbach, en el instante postrero y definitivo de su existencia, a orillas del mar, estira la mano vanamente para intentar alcanzar lo que se ha constituído en el objeto de su deseo, el adolescente Tadzio; el maquillaje de su rostro con el que buscaba recuperar de una manera ilusoria y patética la juventud y la belleza que Tadzio le evoca, se ha ido deshaciendo para convertirse en una máscara horrenda y grotesca, una verdadera máscara mortuoria. Así, ante el gesto impotente del músico, Tadzio se va alejando mar adentro hacia la inmensidad sin límites, señalando con el brazo extendido un horizonte inaccesible; quizá su ademán indique que de ese mismo mar surgió, como Venus de la espuma marina, a modo de fugaz encarnación de un fundamento imposible de revelársenos, enigma de la belleza que hace vivir y crear pero que también arrastra a la muerte cuando no podemos evitar insistir en el vano intento de penetrar en su misterio.
domingo, 10 de agosto de 2008
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