Cuando pienso en escribir se me viene de manera inmediata la necesidad de un cuarto propio, el emplazamiento necesario para dialogar con el silencio, para escupir papeles, para darte vuelta la piel sin que nadie lo note y poder llorar calladita…ese dolor antiguo que guardo entre los libros…porque sé que no escapará de los versos de Alejandra, de la sombra de Dante, del polvo de Milton. Porque sé que entre cuatro paredes podemos atesorar la dicha de escribir a 4, a 6 a 9 manos.
Recuerdo una mañana, entraba el sol por las rejillas de la persiana, en el escritorio papeles, machas de tinta y una vieja máquina de escribir Olivetti de color celeste…Una Maravilla, mientras la vida de los otros transcurría con la trivialidad de todas la mañanas, con los gritos de todas las mañanas …yo intentaba que Brahms hiciera la diferencia, que las danzas húngaras me sacaran de la realidad de ellos , que bajara el tono de las voces…para que pudieran entrar en mi todos los cuchillos que me escribirían por dentro.
A veces tengo la sensación que los no lugares seguirán siendo mi residencia, necesito tiempo necesito encontrar el cuarto propio del que alguna vez habló Virginia, el mismo cuarto en donde hice desaparecer a toda mi familia.
Recuerdo una mañana, entraba el sol por las rejillas de la persiana, en el escritorio papeles, machas de tinta y una vieja máquina de escribir Olivetti de color celeste…Una Maravilla, mientras la vida de los otros transcurría con la trivialidad de todas la mañanas, con los gritos de todas las mañanas …yo intentaba que Brahms hiciera la diferencia, que las danzas húngaras me sacaran de la realidad de ellos , que bajara el tono de las voces…para que pudieran entrar en mi todos los cuchillos que me escribirían por dentro.
A veces tengo la sensación que los no lugares seguirán siendo mi residencia, necesito tiempo necesito encontrar el cuarto propio del que alguna vez habló Virginia, el mismo cuarto en donde hice desaparecer a toda mi familia.
Priscila Oses
1 comentario:
Como tú, alguna vez la necesidad del cuarto propio anegó mis deseos violenta, arrasadoramente. Entendí, como Virginia, que me era necesario un espacio íntimo en que sólo yo, las palabras y alguno que otro invitado real o imaginario pudiéramos habitar. Encaminé mi vida hacia ese logro hasta llegar a entender que es la metáfora ligada a la existencia material de ese espacio lo que moviliza las palabras, las tristezas, los anhelos y aquellos dolores pequeñitos y únicos que tan bien describes. Cuando escapabas de la trivialidad del afuera ya habitabas tu cuarto propio. Lo habitas ahora construyéndote a diario, estructurando tu inmaterialidad y la luz que hace que seas quien eres, que generes lo que generas, que transmitas lo que transmites. Lo habitas cuando sabes que la familia no está, que sólo tú te conoces y contienes, que el vínculo filial es mucho menos que la construcción social que se nos ha heredado como norma de vida.
Nuestro espacio está cerca. Sólo que a veces nos perdemos de él.
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